Ir al Gemba no es suficiente.

El verdadero problema es como se mira

Por: Humberto Alvarez e Ishiro Kuratomi

En LinkedIn es frecuente comentar que “El liderazgo real ocurre en el Genba”. Muchos practicantes Lean lo repiten como si fuera una verdad casi religiosa: hay que ir al Genba, estar en el terreno, ver el proceso.

Y luego ocurre algo típico: pasan unos pocos minutos, hacen un par de preguntas para demostrar su interés, señalan un desperdicio evidente, sienten que han aportado valor… y regresan al despacho convencidos de que han practicado mejora continua. Eso no es ir al Genba. Eso es un tour por el taller.

El problema no es ir. El problema es cómo se va. La mayoría de responsables llegan al proceso con la mente llena: llena de conclusiones previas, de modelos mentales, de respuestas anticipadas. No observan lo que ocurre; buscan confirmar lo que ya creen que ocurre. Y cuando lo encuentran, se marchan satisfechos… sin haber visto nada nuevo.

Recuerdo mi primera experiencia real en Japón. Durante mi formación como ingeniero en prácticas, mi profesor me llevó al Genba y me dejó frente a un proceso de ensamblaje de suspensiones para auto. Sin instrucciones, sin listas de chequeo, sin interrupciones. Solo observar.

Al principio parecía sencillo; luego aburrido; después incómodo. Me pidió permanecer en silencio, concentrado en percibir cada detalle: el ritmo, los gestos, los microajustes, la energía del equipo. Al regresar, me dijo de forma directa: si no traes una idea nueva, has desperdiciado tu tiempo.

La enseñanza fue clara: estar en el Genba no es presencia física; es inteligencia visual aplicada.

Con los años y enseñanza de maestros, entendí que desde la perspectiva del Budismo Zen, observar no es analizar ni intervenir. Es estar presente sin juicio. En la práctica del zazen (posición de meditación) uno descubre algo inquietante: la mente no sabe observar sin etiquetar. Esto está bien, esto está mal, esto es eficiente, esto es un desperdicio. La realidad se convierte rápidamente en un diagnóstico.

En el Genba sucede lo mismo. Muchos líderes no observan procesos; observan confirmaciones de sus propias hipótesis. Miran rápido, clasifican con agilidad y concluyen con seguridad. Pero esa velocidad mental es enemiga de la comprensión profunda.

Mirar no es observar. Mirar es rápido y superficial. Observar profundamente implica sostener la incomodidad de no entender de inmediato. Implica permanecer más tiempo del que el ego considera razonable. Implica aceptar que quizá no sabes tanto como creías.

En la tradición japonesa del trabajo artesanal existía el Mitori Geiko, “aprender robando con los ojos”. El aprendiz no interrumpía para demostrar inteligencia, no opinaba para hacerse visible. Permanecía en silencio hasta que empezaba a percibir matices invisibles para quien solo mira.

Y si esto parece exclusivamente oriental, conviene recordar que en Occidente también se ha pensado profundamente sobre la diferencia entre mirar y observar. El filósofo español José Antonio Marina explica que ver es automático, pero observar es un acto voluntario de inteligencia. No basta con ver; hay que dirigir la atención con intención, organizarla, interpretarla y descubrir significado.

Aplicado al Genba, esto significa que la mejora real depende de la disciplina de la mirada. Mirar es fácil, observar es un ejercicio de conciencia y de inteligencia aplicada.

Buenas prácticas

Para ir al Genba con propiedad no basta con caminar por la planta. Se trata de detenerse y permanecer en silencio varios minutos, observando sin intervenir ni juzgar. Notar los detalles que normalmente pasan desapercibidos: gestos repetitivos, micro-pausas, tensiones, hábitos normalizados por el proceso. Registrar esas observaciones antes de pensar en soluciones y dejar que los patrones emerjan por sí mismos.

Cambiar de perspectiva, ver desde los ojos del operario, de mantenimiento o de logística, y preguntar con humildad solo cuando sea necesario. Identificar lo inesperado, aquello que rompe la rutina o no encaja en el flujo normal, donde suelen esconderse las oportunidades de mejora. Y reflexionar sobre la propia percepción, detectando cuándo la mente clasifica prematuramente o proyecta supuestos, reajustando la mirada hacia la observación pura.

El verdadero Genba es incómodo. A veces aburrido, lento, silencioso. Pero si permaneces el tiempo suficiente, algo se transforma. La acción deja de ser impulsiva, la mejora deja de ser cosmética, y la solución deja de ser un parche elegante. Empiezas a comprender la esencia del problema. Y cuando comprendes la esencia, la mejora se vuelve casi inevitable.

Nuevamente mi primera experiencia guiada en el genba en Japón. Cuando terminé mi tiempo de estudios en esa fábrica, en el momento de entregarme el certificado correspondiente, mi profesor me preguntó: “que fue lo más valioso del entrenamiento recibido en esta compañía”. Mi respuesta fue inmediata: “aprendí a observar”.

La próxima vez que alguien escriba que hay que ir al Gemba, quizá la pregunta no sea si ha ido físicamente, sino si ha sido capaz de volver con una mirada diferente. Porque si después de estar allí no ha cambiado nada en su comprensión, no fue práctica de mejora. Fue la escenografía que le enseñó tu profesor Lean. Y eso también es desperdicio.

Un saludo,

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